Aún recuerdo el rubor de mis mejillas cuando se encontraron nuestras miradas mientras girábamos al compás de la segunda sevillana y tu mano rodeaba firmemente mi cintura.
En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores, dos familias rivales igualmente nobles habían derramado, por sus odios mutuos, mucha inculpada sangre. Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos rencores que trajeron su muerte y el fin de su triste amor. Sólo dos horas va a durar en la escena este odio secular de razas. Atended al triste enredo, y supliréis con vuestra atención lo que falte a la tragedia.
Mi pequeña pescadora de sirenas
Haciendo volar mi imaginación con...
La princesa que creía en los cuentos de hadas
—¡De verdad, Victoria!, esto tiene que terminar. No puedes seguir contando estas historias tan extravagantes. Ya es hora de que dejes de estar en las nubes.
Victoria no estaba segura de lo que significaba «estar en las nubes» pero pensó que debía ser algo maravilloso.
y qué bonitas esas miradas entre sevillanas!
ResponderEliminarPues si... son miradas que, simplemente, no se pueden explicar.
ResponderEliminar